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Voz escrita con letra de mujer

Eurídice, hija de Irras,
eleva esta ofrenda a las musas,
contenta porque el deseo de su corazón
fue atendido en sus plegarias,
pues con su ayuda aprendió,
siendo madre de hijos adultos,
las letras, inscripciones de palabras,
aprendió a leer y a escribir.

Cuatro siglos antes de Cristo, Eurídice, abuela de Alejandro Magno, escribió esta ofrenda a las musas para celebrar el haber aprendido a leer y a escribir.

A lo largo de los siglos las mujeres han dejado su impronta en la literatura universal, por mucho que al hablar de genios literarios hayan sido siempre hombres los que se han llevado los laureles de la fama y de la posteridad. Desde la antigüedad clásica hasta nuestros días son cientos las escritoras de las cuales dan testimonio sus obras; de otras, únicamente queda la memoria o la mención de su existencia. Poetisas, autoras de teatro, de cuentos, filósofas, místicas y narradoras colman hasta rebosar el hueco que la historia ha negado a la mujer escritora, exceptuando a algunas, muy pocas. Al igual que en otros campos artísticos –por no mencionar los laborales–, las escritoras no han alcanzado el renombre de sus coetáneos, ni ayer, ni hoy. Tal vez este hecho se deba en gran medida a que han escrito sobre sí mismas, sobre los temas que les interesaban: la familia, los sueños, las esperanzas, las tristezas, la ternura y el amor. Han hablado como mujeres de sentimientos, de igualdad entre los sexos, de derechos, de justicia y de paz… y no se les ha escuchado porque no interesaba escuchárseles o porque, para unas sociedades netamente masculinas, la voz femenina no dejaba de ser una curiosidad.

Sin embargo, fueron mujeres quienes escribieron algunas de los más bellos poemas de amor que existen en la literatura universal; esposas las que corrigieron y mejoraron los textos de sus compañeros; religiosas las que copiaron e iluminaron muchos de los códices que se guardan como tesoros en las mejores bibliotecas del mundo. Hasta tal punto se ocultó el trabajo literario femenino que hoy en día todavía hay gente que piensa que en otras épocas las mujeres eran analfabetas. Lo eran en la misma medida que los hombres, ni más ni menos. Durante la Edad Media y el Renacimiento, las mujeres de las clases acomodadas y las religiosas sabían leer y escribir, y también sabían lenguas, y música, y religión, y matemáticas, y filosofía. Que sus conocimientos permanecieran en su mayor parte entre los muros de los hogares y de los conventos, no significa que no los tuvieran y hay suficientes pruebas al respecto. Fue una japonesa, Murasaki, quien en el siglo XI escribió la primera novela que se conoce en el mundo: “El cuento de Genji”, que aún se lee. Fue una alemana, Hildegarda de Bingen, quien en el siglo XII compuso la primera ópera conocida y que, además de dejar manuales de medicina, farmacología, historia natural y teología, escribió poesías, biografías y autos sacramentales. Fue una italiana, Cristina de Pizan, la primera que defendió el derecho de la mujer a la educación y a la igualdad de oportunidades… en el XIV. Fue una española, Teresa de Jesús, la que en el XVI puso letra a sus sentimientos místicos. Y así podríamos seguir hasta el siglo XXI. En todos los continentes y en todas las épocas ha habido mujeres escritoras.

Existen varios campos profesionales y artísticos en los que la mujer está casi desaparecida. Se me ocurren, por ejemplo, los consejos de administración de las grandes empresas y de los bancos, la dirección de orquestas, las salas de los museos de arte, y, por supuesto, la literatura. La presencia femenina en las Academias literarias es meramente anecdótica. Por citar una cifra: desde su creación en 1901, de los 103 premiados con el Nobel de Literatura, sólo una docena han sido mujeres. Es significativo que en plena era moderna se siga obviando el hecho de que hay escritoras, y algunas muy buenas. Los hay incluso que al referirse a sus obras hablan de “literatura femenina de y para mujeres”, como si la literatura tuviera sexo. Ante tamaña idiotez, bueno sería recordar las palabras de la escritora alavesa Ernestina de Champourcin: “¡No importa ser hombre o mujer, lo que importa es ser buen o mal poeta!”

Comentarios (1)

  1. Totalmente de acuerdo contigo Toti. Han sido muchas las mujeres que a lo largo de la historia han dejado su huella, una huella que muchos se han empeñado en borrar, no han sabido valorar y tener en cuenta la numerosas virtudes que atesoraban dichas y otras mujeres. Hemos sido relegadas a un plano subterráneo y, por mucho que duela, seguirá ocurriendo; pero mientras exista una persona, que como tú, se acuerde y valore el trabajo de tantas y tantas mujeres (en este caso, en el ámbito literario) su memoria pervivirá en el tiempo y en las mentes de las que compartimos tu opinión.
    Zorionak porque creo que tú eres uno de esos ejemplos que demuestran que se equivocaban y se equivocan todos aquellos que piensan que las mujeres no somos aptas ni tenemos capacidades para muchas cosas.
    Musuak

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