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Solsticio de verano

La noche de San Juan se ha convertido en una celebración carente de todo significado, pero es interesante recordar lo que significó en otros tiempos. A pesar de el empeño de la Iglesia católica en erradicar creencias paganas mediante la persecución o, simplemente, cambiándoles el nombre y adoptándolas como fiestas cristianas en honor de este o de aquel santo, algunas han subsistido a lo largo de los tiempos. Entre los rituales que se han resistido a desaparecer, puede que el de las hogueras de San Juan sea el más pagano de todas ellos.

Los jóvenes, sobre todo, se divierten organizando hogueras y saltando por encima de ellas. Ignoran que se trataba de un ritual para alentar al sol en la noche más corta del año, y que el hecho de saltar por encima del fuego no era una prueba de hombría, sino la creencia de que ello protegía de las enfermedades a los saltadores. En Euskal Herria, los labradores encendían hogueras en las esquinas de las huertas para impedir que brujas y espíritus de la noche estropearan las cosechas. Y en las puertas de las casas se colocaban, y se colocan, ramos de fresno, espino y otras plantas como el laurel, el ajenjo, el apio o el romero, para proteger los hogares.

Pero el rito no se limitaba a las hogueras. En la noche de la víspera de San Juan, y hasta no hace tanto tiempo, las gentes acudían a fuentes y ríos a lavarse y cortarse el cabello, pues era creencia general que crecería más sano y fuerte. También se bañaban desnudos o metían los pies en las aguas para evitar los sabañones y otros problemas de los huesos, mientras los más osados se revolcaban en el rocío de la madrugada para eliminar las enfermedades de la piel. Y se echaban las herramientas cortantes, hoces, azadas, hachas, a los ríos, pues era creencia general que el agua y la luz de la luna de dicha noche afilaban las cuchillas.

Viejas creencias que han perdido su razón de ser, pero que, sin embargo, perviven en algún lugar escondido de la memoria popular.

 

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