Septiembre

Tras las rebajas, las vacaciones, el calor, las fiestas, el trasnoche, los incendios, las paellas con los amigos y demás elementos agotadores que son partes esenciales del verano, llega la calma, y se agradece. O tal vez no. Con septiembre aparecen los huracanes que matan, sobre todo a los pobres, se recrudecen las guerras y los políticos sueltan las lenguas que les dan de comer, por mencionar sólo tres ejemplos. Hay tanta miseria –y no sólo económica–, tanta mentira, tanto sinvergüenza suelto que hasta da pereza levantarse por las mañanas. Y también surgen montones de novedades literarias.

Las editoriales lanzan todos sus efectivos pues el otoño es estación propicia a la lectura, antes de que los gastos navideños agosten los bolsillos de los lectores. Los cuadernillos culturales de los periódicos se llenan de anuncios y entrevistas; hablan de superventas, de ediciones increíbles, de expectativas millonarias; empiezan a barajarse los nombres de los ganadores de los grandes premios literarios y se crea una atmósfera pseudo-intelectual que, en el fondo, sólo es un gran bluff. La realidad es que se lee una mínima parte de lo que se edita, los libros devueltos se apilan en los almacenes a la espera de decidir que hacer con ellos, las pequeñas librerías van desapareciendo engullidas por las grandes superficies, quienes, a su vez, únicamente exponen títulos que tienen la venta asegurada, que cientos de escritores ven sus esperanzas frustradas y se mantienen gracias a otros trabajos.

La vida del escritor, salvo excepciones, no es ese mundo idílico que algunos imaginan; supone un trabajo duro en medio de una feroz competencia, poco amable hacia quien consigue vivir de la literatura. Y, sin embargo, todos los días hay personas decididas a entrar en la aventura de escribir, de narrar historias en las que realidad y ficción se confunden hasta ser una, nos entretienen o nos obligan a meditar, y nos hacen olvidar durante un rato la selva en la que vivimos. Y éste es su mayor mérito.

 

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