Requiem por una mujer maltratada

La vida en pareja no es fácil, son muchas cosas las que cada parte debe ceder para lograr una armonía que permita a dos personas compartir sus vidas a lo largo de sus existencias. Según algunos expertos, es incluso antinatural que dos seres vivos permanezcan juntos durante años. Esto puede ser discutible pues son muy numerosos los ejemplos de hombres y mujeres que viven años en perfecto entendimiento y cariño, pero nadie negará que lograr la vida compartida requiere cierta dosis de esfuerzo por ambas partes. Siempre he opinado que lo mejor que pueden hacer dos personas que no se soportan o, simplemente, han dejado de quererse, es separarse, rehacer sus vidas, cada cual por su lado, sin crispaciones, sin insultos, con inteligencia, en una palabra, pero lo que para mí sería una forma normal de actuación, no parece serlo para un gran número de seres que pasan de quererse a odiarse de tal forma que transforman en un verdadero infierno sus vidas y las de sus allegados. ¿Qué ha ocurrido para que una relación que comenzó con amor e ilusión llegue a convertirse en una pesadilla?

No puedo ni imaginarme el dolor de unos padres al recibir la noticia de que aquella niña que tuvieron en sus brazos recién nacida, que llenó sus vidas durante años, a la que vieron crecer y de la que se enorgullecieron cuando se hizo mujer, ha sido brutalmente golpeada, o degollada, o quemada viva, o estrangulada por el hombre que compartía su vida o por su antiguo compañero, pareja, novio o lo que sea. Tampoco puedo imaginarme el dolor de unos hijos e hijas al enterrar a la mujer que les dio la vida, que los acunó, curó sus heridas y veló su sueño, la confidente de sus decepciones, la que los esperaba preocupada a que volvieran a casa en sus primeras salidas nocturnas, les cuidó y alentó sus pasos en el mundo y que dicha desgracia la haya causado su propio padre. Intento imaginar sus sentimientos y la sola idea me horroriza hasta tal punto que se me saltan las lágrimas. No creo que haya nada más terrible que la desaparición violenta, la inesperada muerte, de un ser querido y son muchos los motivos que pueden causarla y todas igualmente lamentables, pero el caso de la mujer maltratada es de la peor especie; es una tortura que, por lo general, dura mucho tiempo antes de llegar a su desenlace final. Un martirio del cual únicamente tienen conocimiento los familiares más próximos y, a veces, ni ellos porque la víctima la sufre en soledad; que no es noticia de primera página en los medios de comunicación a menos que no sea especialmente escabrosa, no recibe la atención debida y tiene que ocurrir lo irremisible para que la sociedad tome conciencia… durante un rato. Después olvida.

La situación de la mujer en nuestro mundo occidental ha cambiado mucho desde los tiempos en los que se debatía si tenía alma o no la tenía, se le prohibía hablar, estudiar o, simplemente, salir de casa sola; en los que se le entregaba a un hombre desconocido que, muchas veces, podría haber sido su padre o su abuelo, raramente llegaba a la vejez acabada por el trabajo y las preñeces y su nombre quedaba relegado al olvido más absoluto. De hecho, son tan pocas las veces en las que las mujeres con nombre propio aparecen en la Historia que da la impresión de que no han existido, de que el ser humano se ha reproducido por generación espontánea. La mujer es hoy igual que el hombre ante la ley, accede a la Universidad, a la política y al mundo laboral, aunque queden por ahí muchos cabos sueltos como la igualdad salarial por igual trabajo realizado, el compartimiento de las tareas del hogar y de la educación de los hijos e hijas, el acceso a los puestos directivos de empresas y partidos políticos, etc., pero vota, algo impensable no hace mucho tiempo, puede divorciarse, ganarse la vida, disponer de su cuerpo y controlar su propia vida. Sin embargo… no se borran de un plumazo siglos de dominio y de sumisión y la prueba está en los hechos luctuosos que día sí y día también aparecen en los medios de comunicación: mujeres maltratadas psíquica y físicamente, golpeadas, acosadas, violadas, insultadas, menospreciadas y asesinadas. Son tantas y repetidas las veces que esto ocurre que puede afirmarse que esta sociedad nuestra, tan avanzada, moderna y democrática, se ha acostumbrado a dicha situación como a los males que la atenazan por otras partes. Podríamos preguntarnos porqué un hombre se ensaña con su compañera, la veja y, finalmente, la mata, ¿qué poder le hace actuar así? ¿Con qué derecho utiliza la fuerza contra un ser físicamente más débil? También podríamos preguntarnos adónde ha ido a parar la ilusión, cómo ha podido olvidarse un amor que llevó a dos personas a unir sus vidas, pero probablemente eso no lo saben ni los propios protagonistas del drama.

Nos atiborran con anuncios sexistas en los que la mujer limpia y el hombre piensa, en los que ellos eligen un perfume o un coche último modelo y, a cambio, reciben la sonrisa prometedora de una modelo escultural. Los anuncios de cremas para adelgazar o para eliminar arrugas están protagonizados por chicas estupendas a las que no les hace falta ni lo uno ni lo otro, pero ¡vete tú a contárselo a un tipo resentido, harto de tener a su lado a la misma mujer durante los últimos años, frustrado la mayoría de las veces en su trabajo y en sus relaciones sexuales! En televisión raramente se ve a una presentadora fea, vieja o gorda, pero no ocurre lo mismo con los presentadores. Hace años asistí (¡como espectadora!) a un casting de presentadores y constaté que los realizadores grababan a las mujeres de cuerpo entero, piernas incluidas, limitándose al busto en el caso de los hombres. En las películas, los protagonistas son inteligentes, guapos o no, fuertes, valientes, dominantes; utilizan los puños o las pistolas con una facilidad que nos deja asombrados. Las protagonistas, por su parte, casi siempre son fulgurantes estrellas, jóvenes y hermosas, a veces, incluso, inteligentes y, además, sexualmente activas, incansables. La vida real de muchas mujeres es otra cosa. Es la del ama de casa cuyo trabajo no se detiene ni los domingos; la de la mujer que aporta un sueldo a la familia, encontrándose, a su vuelta, con las labores de casa por hacer; la del paro femenino siempre superior al masculino; la de la compañera de toda la vida que apoyó el hombro en los momentos difíciles y ahora se siente inútil, ajena al mundo frecuentado por los suyos, o desplazada por una compañera más joven; la de la muchacha ilusionada que soñó con el verdadero amor y despierta de forma violenta; la de la madre que aguanta malas caras e, incluso, palos; la de los celos, la prepotencia, la dominación.

La Iglesia dictamina que no ha lugar a la disolución del matrimonio por malos tratos ya que éstos ocurren una vez contraído éste y “lo que Dios ha unido” no será una paliza, un intento de asesinato, una tortura diaria, los que lo desunan, pero ¿qué mujer en su sano juicio viviría con un sádico sabiéndolo de antemano? porque, a menos que la víctima sea una masoquista convencida, no hay mujer que pueda amar a su torturador. A lo largo de los siglos, los padres de la Iglesia y los moralistas cristianos han repetido hasta la saciedad que la mujer debía obedecer a su marido, parir descendientes para su marido, que era menos inteligente, que debía procurar el contento de su marido en todo momento, no negarse jamás del débito conyugal. Durante generaciones enteras las mujeres se oyeron llamar pecadoras hijas de Eva, lascivas, sexualmente incontinentes, débiles a las que había que encauzar aunque fuera con la vara; escucharon (¡y escuchan!) chistes de pésimo gusto a su costa, comentarios soeces o despectivos, sin hablar de “a la mujer, búscala delgada y limpia, que gorda y sucia ya se te pondrá”, “a la mujer y a la cabra, la cuerda larga”, “a la sombra de un hilo, se la pega una mujer a su marido” y cientos de otros refranes de índole parecida.

Al igual que en el tema de la “caza de brujas” en la que también hubo “brujos” perseguidos y quemados vivos, me consta que existen hombres maltratados psíquicamente, insultados y menospreciados por sus compañeras pero, a tenor de los hechos, está claro que son las mujeres las que en un número mucho mayor sufren la fuerza bruta. La mujer maltratada se halla sola ante la sociedad, ante sus amistades, ante su propia familia. Tiene, a veces, un sentimiento de vergüenza que le hace ocultar su terrible situación; en otras, no es independiente económicamente y se ve perdida; en otras, pesan las criaturas a las que no quiere perder y, probablemente, en muchas ocasiones peque de incauta al creer que las cosas volverán a ser lo que eran y no quiera reconocer que un hombre capaz de golpear a su pareja no merece el mínimo respeto. La sociedad entera está obligada a condenar este comportamiento, a no mirar para otro lado y a poner todos los medios a su alcance antes de que ocurran hechos que tanto deberían avergonzarnos.

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