Pirateo literario

Lo que hace no tanto parecía algo imposible, más bien ni siquiera se nos ocurría imaginar, es ya una realidad. Hace tan solo doce años que apareció el primer libro digital, recibido con cierto escepticismo, y, a fecha de hoy, son ya millones los lectores en todo el mundo quienes utilizan dicho soporte. Las grandes empresas tecnológicas han descubierto un nuevo filón y, en nada de tiempo, han aparecido decenas de modelos diferentes, cada vez más sofisticados y eficaces. El pequeño espacio que ocupa, la posibilidad de almacenar cientos de títulos, de leer en cualquier lugar, de poder llevar toda una biblioteca en el bolsillo ha provocado no solamente un cambio de hábitos, sino también una verdadera revolución tanto en el mundo editorial como en el de los autores y lectores. Sin embargo…

Hace ya un par de años, durante una charla-debate sobre este tema, un joven presumió de tener archivados 3.000 títulos en su libro electrónico. Mi primera pregunta fue muy sencilla: “¿Te los vas a leer todos?” La siguiente fue algo más incisiva: “¿Has pagado por ellos?” El joven no respondió a la primera, pero se ufanó de haberlos pirateado todos, porque “la cultura es un derecho del pueblo”. ¿Qué puede aducirse ante semejante afirmación? ¿Que también es un derecho comer y nadie va a la carnicería, pide unos filetes y le dice al carnicero que no le paga porque el pueblo tiene derecho a comer?

El último informe de la Asociación de Editores españoles, publicado hace unos días, declara que ha aumentado la incidencia lectora en este último año, aunque ha descendido la compra de libros. También han aumentado las descargas ilegales, 68 de cada 100 descargas son ilegales. Aducen quienes piratean que los libros son caros, que las editoriales se enriquecen, o que es inaceptable que, en ocasiones, las descargas legales cuesten casi tanto como los libros en papel, etc. etc. No obstante, quienes esto afirman no dedican un instante a pensar en los editores, correctores, maquetistas, ilustradores, impresores, distribuidores o libreros, por señalar a algunos. Solo en el estado español hay más de 30.000 personas que trabajan en la industria del libro. Y, por supuesto, aun menos les dedican un pensamiento a los autores.

Los autores somos la parte más vulnerable del mundo literario, la materia prima más barata del mundo laboral. Trabajamos con nuestros propios medios, dedicamos muchas, muchísimas horas a escribir, pasan meses antes de que nuestros libros salgan a la luz si es que salen, y cobramos a ejercicio vencido, es decir este año cobraremos lo que hayamos vendido el año pasado. El oficio de escritor lleva camino de convertirse en un hobby a practicar en horas libres, si es que no desaparece. Hay millones de libros en las bibliotecas nacionales que pueden descargarse gratuitamente, pero resulta más atractivo robar el último libro de Zafón, antes incluso de ser publicado, que leerse ‘La Iliada’ de Homero, por poner un ejemplo. Por otra parte, yerran quienes piensan que la colocación de obras en las páginas de descargas gratuitas son obra del Espíritu Santo, y que sus responsables se molestan en escanear, copiar, o cómo lo hagan, de manera altruista para que la literatura llegue a todo el mundo. No es cierto; obtienen un beneficio que niegan a los autores.

En fin.

 

 

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