Pinochos

No creo que existan por estos lares personas que no conozcan el cuento clásico de Carlo Collodi “Las aventuras de Pinocho”, editado por entregas en un periódico italiano durante los años 1882 y 1883. Como en muchas otras ocasiones, no parece que el autor intentara escribir una fábula para niños. El protagonista es ahorcado por sus faltas en la versión original, un final terrible si de lo que se trataba era dirigirse a un público lector infantil. El éxito inmediato de la publicación y, posiblemente, las críticas de los círculos bienpensantes hicieron el “milagro” y, al final, tras arrepentirse de sus errores, el muñeco se convierte en un niño de verdad.

Algunos pretenden ver en esta obra una alegoría al cristianismo: el mal es castigado, el bien obtiene una merecida recompensa. Otros, sin embargo, opinan que se trata de una metáfora social, según la cual es imposible intentar ser independiente sin fracasar y verse obligado a volver al redil. Como siempre, se interpreta la intención del autor sin saber por qué escribió la narración y cuál era su objetivo al hacerlo. Lo cierto es que, al referirnos a Pinocho, automáticamente nos viene a la mente la nariz que le crece por mentiroso. Y ésta es la interpretación que más me gusta.

Todo el mundo ha mentido alguna vez quizás para no herir a otros, o para crear ilusión; para huir de una vida gris o para divertirse. Nada que ver con la mentira provocada por la venganza, la calumnia, la mala fe, el deseo de dañar; la que vende sellos que no existen y casas fuera de norma que luego han de derribarse o la que defrauda a Hacienda, es decir, a todos los ciudadanos. Aunque, en mi opinión, la más execrable de todas es la mentira en boca de dirigentes políticos, elegidos y elegidas democráticamente, que arruina países y enriquece a personas sin escrúpulos, hace leyes a su gusto y compra voluntades. Asombra su capacidad para mentir sin titubear, sin que se les mueva un músculo de la cara, pero, antes o después, acaban por caer. Es una lástima que no les crezcan las narices por embusteros, como en el cuento; necesitarían una enorme grúa para sostenérselas.

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