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Medievales

El siglo XXI, el siglo en el que las personas de más de cien años no serán una excepción, se erradicarán el cáncer y otras enfermedades, se crearán ciudades en el espacio, la tecnología alcanzará niveles impensables hasta hace bien poco y muchas cosas más, pero no difiere básicamente del mundo medieval en el que uno podía acabar en la horca por cazar una liebre. Cierto que, al menos sobre el papel, hombres y mujeres tienen derecho a la educación, a la sanidad, al trabajo y a una vejez tranquila; los hogares disponen de comodidades con las que jamás soñaron nuestros abuelos y mucho menos quienes vivieron en otras épocas y no nacieron entre los elegidos por la fortuna. ¿Y qué más?

Millones de personas viven en condiciones lamentables; la esclavitud es una realidad en muchas partes del mundo; pagamos impuestos y también peajes por utilizar las carreteras, al igual que nuestros antepasados por atravesar un camino o un puente; el sida y las drogas han sustituido a la peste y otras plagas; el poder está en manos de unos pocos que se alían o se enfrentan, según sople el viento, y organizan sus propias cruzadas; se censuran medios de comunicación como en los buenos tiempos de la Inquisición y se persigue a todo aquel que se salga de la línea impuesta por los políticos de turno, al igual que lo hacían los papas, reyes, nobles y señores medievales.

Por si quedara alguna duda, se organizan funerales fastuosos cuyo coste habría servido para dar de comer a miles de hambrientos; los medios consideran noticia de primera página la muerte de un príncipe, la enfermedad de otro, la boda de un tercero; las gentes se apiñan para ver de lejos un cortejo o se sientan ante el televisor para contemplar a cuatro privilegiados con quienes nunca se cruzarán en la calle, acuden a los campos de fútbol como los antiguos a los torneos y mueren de hambre o en las contiendas provocadas por los señores de la guerra.

¡Y luego dicen algunos que los escritores de novela histórica sólo narran historias viejas!

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