Libros, libros, libros…

Dicen que los colores están hechos para los gustos y podría añadirse que los libros también. No es extraño encontrar personas que no leen o que lo hacen de ciento en viento. Conozco a algunas. Las que sí me dejan perpleja son aquellas que presumen de no leer nunca, como si fuera una proeza. Dicen con toda naturalidad cosas como “yo no he cogido un libro en mi vida”, “la lectura es una pérdida de tiempo” o “leer es un verdadero aburrimiento”. Ante tales expresiones, no queda otra respuesta que el silencio. No merece la pena gastar palabras ni esfuerzo en explicarles que millones de personas en el mundo no leen porque no saben, que nadie se ha molestado en enseñarles y que es una suerte que, en nuestra sociedad, leer y escribir sea hoy algo natural, cosa que no lo era tanto en la época de nuestros abuelos. Tal vez, los no-lectores no hayan sabido encontrar en los libros algo que sí encontramos los lectores; han carecido de alguien que haya sabido trasmitirles lo que pueden encontrar en esos montones de papel cosido, a veces delgados, otras muy gruesos; no han descubierto el universo fascinante, inmenso, infinito, de la literatura.

Aquellos que no leen pierden la oportunidad de viajar a mundos imaginarios o reales; de disfrutar, gozar o sufrir, sin moverse de casa, de la silla de su guardia nocturna, de la inmovilidad obligada por la enfermedad. El libro es compañía y puerta abierta al mundo. La lectura es un ejercicio privado e íntimo, silencioso, al igual que lo ha sido el del autor que ha dedicado muchas horas a crear su particular cosmos imaginario, cuando la obra es ficción o poesía; o a exponer sus conocimientos, investigaciones e hipótesis, cuando se trata de un ensayo. El lector decidirá si le gusta o no lo que ha leído y repetirá autor o buscará algo diferente, sin presiones ni obligaciones, porque es libre de elegir y crear un universo a su medida. Escritor y lector comparten unos momentos únicos de complicidad, encuentro o desencuentro, pero ninguno permanece indiferente al otro, puesto que un escritor sin lector y viceversa es una ecuación incompleta. No hay dos escritores que escriban igual aunque traten un mismo tema o utilicen un mismo estilo literario para expresarse, pero tampoco hay dos lectores que lean una obra de la misma manera.

La lectura es de las pocas cosas en este mundo globalizado que aún conserva la libertad total de la decisión personal. 

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