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Enfrentamiento

Reconozco que soy una persona utópica en el sentido que creo en la bondad humana, en la capacidad de hombres y mujeres para entendernos, llevar a cabo proyectos, trabajar unidos a pesar de nuestras diferencias… que imagino que es posible algo parecido al Shangrila descrito por James Hilton en su novela “Horizontes perdidos” hace casi ochenta años.

Pero la realidad es la que es: parejas que no pueden convivir bajo el mismo techo; mujeres maltratadas, niños explotados; familias reñidas por una herencia; vecinos que se denuncian o se ignoran, en lugar de hablar; jefes despóticos, trabajadores que se pisan para ascender, los que practican el mobbing con sus compañeros; seguidores de equipos de fútbol que se insultan por una pelota; conductores que vociferan y exhiben lo peor de su vocabulario; padres que se enfrentan en los columpios… Los ejemplos son muchos y cotidianos.

No es de extrañar, por tanto, que el enfrentamiento alcance cotas mucho más graves a otros niveles, de ahí las guerras, máximo exponente de la incapacidad del ser humano para compartir en armonía este mundo en el que vivimos. Las guerras son el resultado de la ambición de una parte por conquistar a otra y la respuesta de ésta ante la agresión; existen desde que el ser humano fue consciente de que el “otro” poseía lo que él quería, ya fueran tierras, ganados o riquezas. No recuerdo que haya habido una guerra por la posesión de un desierto. Al mismo tiempo, los personajes más admirados de la Historia no son gentes de ciencia, artistas, intelectuales, sino hombres de armas: Alejandro Magno, Julio Cesar, Napoleón… y un sinfín de otros nombres menos ampulosos, pero igualmente genocidas, todos ellos megalómanos, es decir: hombres que se creyeron superiores a sus congéneres.

A nivel doméstico, también tenemos por aquí un montón de megalómanos en posesión de la verdad que hacen imposible una convivencia mínimamente respetuosa entre personas de querencias diferentes. Y que conste que no hago excepciones.

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