El viaje del señor inquisidor

Cualquiera habría pensado que el inquisidor Avellaneda marchaba a tierras de Indias, tal era el número de bultos que sus servidores habían cargado sobre las cuatro mulas que esperaban delante de su casa en Calahorra, al igual que esperaban desde la madrugada los cincuenta soldados que lo acompañarían en su viaje a las montañas, pues toda protección resultaba poca ante el reto de adentrarse en territorio de salvajes paganos, bárbaros excomulgados. Desde la gloriosa conquista de la mitad de Navarra por las tropas de Fernando el Católico, llegaban al Tribunal del Santo Oficio multitud de denuncias sobre prácticas brujeriles, que mucho daño hacían en aquellas tierras del norte olvidadas de la mano de Dios y que era preciso erradicar de inmediato.

Aquietada la región tras su sometimiento quince años atrás, el trayecto hasta Pamplona transcurrió sin contratiempos y, al llegar, el esforzado inquisidor se entrevistó con su colega, el Licenciado Balanza, verdugo de brujas en la población de Auritz, a dos pasos del lugar santo de Roncesvalles, donde Carlomagno se enfrentó a cien mil sarracenos y los venció para defender a la Cristiandad. Todo el mundo lo sabía, aunque hubiera quien dijera que había llegado como ladrón y, como tal, fue vencido por los vascones. Escuchó las recomendaciones de su colega para no dejarse embaucar por los habitantes de aquellos lugares inhóspitos donde todavía se hablaba la lengua del diablo. Quienes se oponían a los designios de Dios y continuaban defendiendo los derechos de sus antiguos reyes eran herejes y reos de excomunión; debían, por tanto, ser castigados.

El inquisidor también escuchó las declaraciones de dos niñas que aseguraban reconocer a brujas y brujos por la marca que el diablo les imponía en el ojo izquierdo, y que lo ayudarían a descubrirlos. Prosiguió el viaje llevándose también con él a un franciscano, conocedor de la lengua infernal, cuyo abad hizo un comentario acerca de quienes creían, o simulaban creer, en las supersticiones y en los cuentos de los aldeanos. La mención al largo brazo del Tribunal del Santo Oficio, que lo mismo alcanzaba a laicos que a clérigos, acalló al abad. Tras oír misa e invocar su ayuda contra los maleficios a las santas Liberata y Marta y a los santos Jorge, Onofre y Cipriano, el señor inquisidor Avellaneda inició su viaje por la ruta de Lumbier en dirección a Nabaskoze, antesala del Averno, repleto de gigantes peludos, lamias engañosas de pies de pato, geniecillos con calzas rojas, gentiles y dragones. Todos ellos adoraban a una diosa, que, cual Diana cazadora, volaba por los aires en las noches de luna llena seguida por una legión de mujeres. No era, por tanto, de extrañar que el Mal campase por sus fueros en aquellas tierras de infieles, y Avellanada se convencía de ello a medida que se adentraban en ellas.

Sentado dentro del carruaje, cuyas dos mulas eran guiadas por el cochero a pie a fin de no precipitarse al Salazar que transcurría a su vera, el inquisidor se asía con fuerza al asiento, sin apenas atreverse a sacar la cabeza. Ordenaba a su secretario preguntar y anotar los nombres de las pequeñas poblaciones que atravesaban, Galoze, Izize, Gorza, Ripalda, Sarze, Ibilzieta, Espartza, Orontze, Ezkaroze…, aldeas de nombres impronunciables, casas de piedra y tejados con tablillas de madera en lugar de tejas, bosques frondosos y montañas de piedra que intranquilizaban su ánimo, en lugar de sosegarlo. A su llegada, las gentes salían de sus hogares, manteniéndose cerca de las puertas. Las mujeres se santiguaban, los niños se escondían y los hombres fruncían el ceño, azadas y garrotes a mano. Todavía estaba fresca en su memoria la presencia del asesino Balanza y el terror que había sembrado en los valles pirenaicos. Cientos de personas había sido detenidas, por lo general miembros de familias agramontesas, contrarias a la ocupación de Navarra por parte de los castellanos. Agramontesas habían sido también las personas quemadas vivas, torturadas, exiliadas, enviadas a galeras u obligadas a vender sus ovejas para pagar las multas. Él las observaba mientras estiraba las piernas o reponía fuerzas con la cecina, el pan y el queso que llevaba en sus provisiones, puesto que no tenía intención de morir envenenado, como ya les había ocurrido a otros inquisidores. Lástima no disponer del polvo de unicornio del bienaventurado fray Tomás de Torquemada, de gloriosa memoria, quien, gracias al milagroso remedio, evitó las acechanzas de los discípulos del Diablo y murió tranquilamente en su lecho.

Tras dos agotadoras jornadas de viaje, la comitiva del señor inquisidor llegó por fin a Otsagi, la localidad más poblada de Zaraitzu, el valle de Salazar, alojándose en la mejor casa, después de haber echado de ella a sus moradores. Asomado al balconcillo y ensimismado en la contemplación del río de aguas transparentes que transcurría cantarín por debajo de los puentes de piedra que unían las dos orillas, Avellaneda no pudo sino reconocer que la localidad era ciertamente hermosa, lo cual aumentó su deseo de verla libre de las garras del Diablo, pero, antes, se hizo subir a la ermita de la Muskilda, para implorar la ayuda de la Virgen venerada por los salacencos. Mejor no lo hubiera hecho, porque vio al demonio en los hombres cubiertos con capas, calzones y sombreros de teja negros; también en las mujeres, cuyas pecheras adornadas sobre sus vestidos oscuros relucían con obscenidad, y en los niños que lo miraban con insolencia. Todos ellos hablaban un galimatías, que ni el franciscano era capaz de comprender. A buen seguro, el propio Lucifer trabucaba sus palabras para impedir el entendimiento, pero a él no lo engañaría, no.

Buscó a los brujos en cada una de las aldeas de Zaraitzu, en Aezkoa, en Orreaga, en Erronkari. Persiguió a los aterrorizados pobladores huidos hacia las profundidades de la selva de Irati, las faldas del Auñamendi, la masa caliza de Larra. No dejó rincón sin indagar, barranco o cueva, casa ni establo sin inspeccionar, molino sin registrar; una vez más, cientos de personas fueron detenidas, muchas de ellas denunciadas por las niñas que descubrían la marca del sapo en sus pupilas; otras, por sus vecinos enemistados debido a viejas rencillas.

Con el deber cumplido y la conciencia tranquila tras enviar a la hoguera a más de un centenar de inocentes, el señor inquisidor Avellaneda regresó a Calahorra y dejó escrito su viaje a tierras de hechicerías, donde él mismo, con sus propios ojos, vio volar a una bruja.

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