toti-eguzkilorea

Eguzkilore

Tiempo ha, cuando no existían cielo ni infierno, ángeles ni demonios, los vascos creyeron en Amari, la Madre Tierra, Ama Lur, Lur Ama. Ella era su cuna y su tumba, de ella nacían, a ella volvían; era su comida y su hambre, el calor y el frío; la madre de todos los seres vivos, y también la madre de dos hijas celestes: el Sol y la Luna.

Amari creó para sus hijos e hijas mortales una tierra fecunda y hermosa. Ríos de aguas transparentes que atravesaban valles de belleza sin par entre montañas de cumbres retadoras ante las tempestades. Playas de arena fina que se mecían al compás de las olas, a veces un murmullo, otras un grito que se estrellaba contra los acantilados. Bosques profundos de sueños eternos que cobijaban al oso y al lobo, al petirrojo y al mirlo. Y llanuras fértiles, doradas al calor durante el estío, cubiertas de nieve en invierno.

Tal fue su deleite al contemplar su obra, que Amari decidió abandonar el firmamento y vivir entre los seres humanos. Construyó siete moradas en el interior de siete montañas: Anboto, Aketegi, Orhi, Aralar, Gorbeia, Murumendi y Auñamendi; las cubrió de oro y, desde ellas, atendió y protegió a su pueblo.

Sus hijas, el Sol y la Luna, permanecieron en la bóveda celeste, pero no queriendo hallarse lejos de la Madre, giran a su alrededor, la una durante el día, la otra durante la noche. Los vascos ofrecieron sus muertos a la Luna, los velaron y enterraron iluminados por su blanca luz pero, temerosos de los seres de la oscuridad, rogaron a Amari que también el Sol brillara durante la noche. No pudiendo complacerles, la Diosa creó para ellos la más espléndida de las flores: la EGUZKILORE, la flor del sol, que los protegería cuando las sombras se adueñaran de la tierra.

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