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Donostia, 31 de agosto de 1813

Muchos vecinos habían salido para recibir a los vencedores y se encontraron que disparaban contra ellos o los acorralaban para robarles. Vio cómo un grupo obligaba a desnudarse a un pobre hombre y le disparaba mientras corría desnudo por la calle de Narrica y cómo, en la de Embeltrán, otro grupo violaba a tres muchachas, las encerraban después en una bodega y le prendían fuego. Escuchó los gritos desesperados de las muchachas y los lloros de sus padres que, impotentes, veían morir a sus hijas de forma tan cruel. Estaba aterrorizada, no sentía sus miembros y fue incapaz de moverse al ser descubierta acurrucada en un entrante de la calle por dos soldados que la sacaron de allí asiéndola por los cabellos. No pudo gritar cuando uno de ellos, que apestaba a alcohol, la atrajo hacia él y la besó en la boca, mientras el otro la manoseaba y le levantaba las faldas. 

A la mañana siguiente, gruesos nubarrones cubrían el cielo y una oleada de calor húmedo los recibió al salir a la calle. Estaba repleta de muebles y objetos rotos, prendas de vestir, zapatos, botellas y cascotes de vidrio e inmundicias; el hedor a orines y excrementos era insoportable y había manchas de sangre sobre el empedrado, aunque no vieron ningún cadáver. Avanzaron despacio por la calle Mayor, uniéndose en su recorrido a otras personas que se dirigían hacia la Puerta de Tierra y presentaban su mismo aspecto desamparado: mujeres en camisa de noche; hombres, como Joaquín y su amigo, vestidos únicamente con taleguillas o pantalones hechos jirones; los había desnudos completamente, ancianas cubiertas con trozos de cortina, niños que buscaban a sus padres y padres que buscaban a sus hijos. Desfilaron en silencio ante sus verdugos, las miradas perdidas, los ojos enrojecidos, y abandonaron la plaza en dirección al barrio del Antiguo cruzando el arenal sin que ni uno de ellos volviera la vista atrás.

A continuación, los soldados ingleses y portugueses quemaron Donostia-San Sebastián.

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