Cuentos de hadas

Fui devoradora de cuentos de hadas, de las historias de príncipes y princesas, brujas malvadas, caballeros y dragones. ¡Me encantaban! Los hermanos Grimm y otros como ellos recogieron aquellas narraciones populares contadas junto al fuego, durante las noches de invierno, y las transformaron en los cuentos que todos conocemos: Cenicientas, Bellas Durmientes, Blancanieves y tantas otras doncellas puras e inocentes salvadas por gentiles donceles. Todos los cuentos acababan igual: príncipes y princesas vestidos con hermosos trajes, envueltos en estrellas, aclamados por el pueblo jubiloso y una orquesta de campanillas al fondo.

Luego crecí y, tal vez, aquellas primeras lecturas tuvieran en mis gustos más influencia de la que imagino. No lo sé. Continué leyendo narraciones, esta vez en forma de novelas, y me apasioné por la historia, en especial la medieval que está en la raíz de muchos de las leyendas que han llegado hasta nosotros. Los príncipes azules dieron paso a otros más tenebrosos: tiranos sin escrúpulos, conquistadores, ambiciosos, usurpadores…

Desde sus comienzos, la historia de los reinos del mundo está repleta de hombres que se proclamaron sacrílegamente príncipes por la gracia de Dios, con derecho de vida y muerte sobre sus vasallos, dueños de las tierras y de sus habitantes, de montes, bosques y ríos; príncipes que asesinaron para conseguir coronas, lunáticos que embarcaron a los pueblos en empresas suicidas para satisfacer su propio orgullo, esquilmaron, traicionaron y fueron padres de múltiples bastardos. También hubo princesas que falsificaron documentos o se rodearon de lujos inútiles mientras los vasallos morían de hambre; y las hubo envenenadoras, adúlteras y déspotas. Como en toda casa de vecino, algunos príncipes fueron honrados, justos y buenos gobernantes, pero sería interesante hacer una lista con éstos. Sería muy corta. A pesar de todo, las realezas encandilaron a las gentes al igual que a mí me encandilaban los cuentos de hadas, pero entonces era sólo una niña llena de fantasías y, ahora, como ya he dicho, he crecido.

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