Cuentos de hadas

Leí en una revista un párrafo que me dejó atónita: “En el trabajo, en casa, por la mañana, mientras compramos, en la calle, en el ascensor, en el gimnasio, en un bar de copas, las mujeres piensan en el sexo en todos los sitios”. Me imagino a la pescadera, por poner un ejemplo, pensando en el sexo mientras limpia besugos; o a la cajera del supermercado soñando con una orgía entre cojines de seda con el cliente de turno; o, por volar más alto, a la parlamentaria haciéndoselo mentalmente con el barrigón de la silla de al lado mientras se discuten los presupuestos del Estado. En un bar de copas, pase, pero ¿en el ascensor? Seamos serias, ¡aviadas estaríamos las mujeres si nos pasásemos el día pensando en el sexo!

Tal vez porque comparto mi vida con el hombre que elegí y quiero, o porque tengo otras cosas en la cabeza o vete tú a saber, pero lo cierto es que el sexo nunca me ha quitado el sueño. Y que conste que no es cuestión de edad puesto que el placer no la tiene; es simplemente que a cada cosa su tiempo y su tiempo para cada cosa. Dicen los que saben que el sexo es una cuestión del cerebro, no del corazón. El corazón enamorado es un entelequia romántica, es sólo el órgano encargado de bombear la sangre para que sigamos vivitas y coleando; es el cerebro el motor de las emociones, de los olores, la vista y los sentidos.

A lo largo de la Historia el hombre ha perseguido a la mujer por razón de su sexo, y no precisamente para llevarla al paraíso del que, según la mayor mentira jamás contada, fue expulsado por culpa de una hembra que lo incitó al pecado dándole a comer el fruto prohibido. Sabed que el llamado “fruto prohibido” no fue una simple manzana, sino el deseo de posesión por parte del hombre del cuerpo femenino, y no sólo de su cuerpo; también de su libre albedrío e independencia. Antes de Eva, la tradición habla de otra mujer. A Lilith, “el ser de la noche”, se la conoce por una breve mención en el Libro de Isaías (34, 14). Si bien no se encuentra ninguna otra referencia sobre ella en la versión cristiana del Antiguo Testamento, sí se conserva en el Talmud judío. En la Antigüedad, las muertes infantiles y los abortos naturales se achacaban a este personaje, además de acusarla de provocar la enfermedad o la esterilidad en los adultos, acusaciones que muchos siglos después recaerían sobre las parteras y herboleras acusadas de brujería.

Entre aquella Lilith y las supuestas maléficas que llenaron las mentes de las gentes durante generaciones y llevaron a la caza de brujas que provocó el asesinato de miles de mujeres en toda Europa y nuestra época median tres mil años de leyes civiles y religiosas anti-femeninas, de presión y opresión, de dominio masculino y, sobre todo, de aseveraciones de todo tipo referidas a la “naturaleza fría de la mujer”, a su “coño insaciable”, a su “vagina devoradora de hombres”. Y también de acusaciones sin fundamento sobre el poder que la mujer ejercía sobre el varón al que podía dominar gracias a sus dotes amorosas, a la atracción perniciosa que ejercía sobre él, a su capacidad para volverlo impotente. Clérigos, moralistas, filósofos y escritores aseguraban que viejas horribles y deformes se transformaban en hermosas jovencitas, que brujas malvadas adoptaban un aspecto inocente y que las mujeres en general utilizaban todo tipo de trucos para atraer al hombre a su cama, lo cual en ciertas ocasiones era y es cierto, todo hay que decirlo.

No es de extrañar, por tanto, que la sexualidad femenina concitara temores, los curas despotricaran contra ella desde los púlpitos y los legisladores redactaran leyes para penar el amancebamiento, la unión libre entre dos personas solteras. Nuestras abuelas no conocían a sus maridos hasta que se encontraban con ellos en el lecho la noche de bodas; nosotras crecimos temiendo quedarnos embarazadas antes de estar casadas; vosotras, mujeres jóvenes e independientes, os habéis liberado de un yugo antinatural y disponéis de vuestros cuerpos con libertad, pero… son ya 16 mujeres las asesinadas en el Estado español en dos meses y, desgraciadamente, aún habrá más. Todas ellas creían en el amor verdadero cuando se toparon con sus asesinos; todas pensaban que “aquello” duraría, que nada se interpondría en su felicidad. Tal vez deberían haber escuchado a su cerebro. La violencia no aparece por generación espontánea; está ahí, asoma en pequeños detalles, en comentarios y reacciones.

El amor entre un hombre y una mujer no es sólo sexo; es convivencia, esfuerzo, respeto; es compartir los buenos y malos momentos, la risa y la palabra. El acto sexual dura un rato, más o menos largo, depende, y el ímpetu erótico decrece a medida que pasa el tiempo. Se puede cambiar de pareja, pero ¿hasta cuándo? No es cinismo, es la realidad. El príncipe encantador existe, aunque haya que buscarlo con lupa, pero a veces se transforma en Barba Azul, y la princesa eternamente joven envejece. Los cuentos de hadas son sólo eso, cuentos.

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