Corrupción

Cuando oímos hablar de corrupción pensamos en los mismos: los grandes y poderosos personajes que se benefician económicamente de su situación social en detrimento de la población que los mantiene y paga sus derroches. Nos deja estupefactos verlos moverse entre sus pares, al igual que los nobles antiguos, concediendo mercedes a los amigos y negando a la mayoría el derecho a una vida digna. En realidad, la corrupción apareció con la propiedad, cuando los seres humanos dejaron de ser nómadas y se hicieron sedentarios, pues corrupción es sinónimo de avaricia. Los casos son múltiples, desde el Egipto de los faraones hasta nuestros días, pasando por todos los imperios, reinos, gobiernos revolucionarios o no, que han sido.

Sin embargo, también existen otros tipos de corrupción, los ejemplos son muchos y variados, pero como yo me dedico al oficio de escribir se me ocurre pensar en los críticos literarios que ensalzan a autores de las grandes editoriales que les dan de comer; en los directores de los cuadernillos literarios que cobran por artículo; en los que elaboran las listas de más vendidos y que, curiosamente, no coinciden a pesar de mencionar las mismas fuentes de consulta; en los responsables de instituciones públicas que apadrinan siempre a los mismos autores; en los jurados de los grandes premios que están dados de antemano y ponen caras de inocente en el momento de leer su “veredicto”… Esto también es corrupción, en pequeña escala, pero corrupción a fin de cuentas.

No nos asombremos entonces de que en las altas esferas la putrefacción sea mayor y huela con más intensidad. Puede que sea algo innato a la condición humana.

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