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Carta a una desconocida

Señora, no sé por qué razón me abordó de manera grosera cuando me encontraba hablando con un amigo. No sólo interrumpió nuestra conversación dejando patente su falta de educación, sino que, además, me insultó e insultó a mis lectores al decir de malos modos que había que dejar de escribir novelas históricas porque engañan y la gente se las cree.

Engaño significa mentira, embuste, falsedad, fraude, estafa, timo y un largo etcétera que puede usted encontrar en un diccionario de sinónimos. Desconozco a qué llama usted “novela histórica” y si entre ellas incluye “La Iliada” de Homero, “Guerra y Paz” de Tolstoï, “Los Miserables” de Victor Hugo, y otros muchos. Tampoco sé a qué se refiere al decir que dichas obras engañan, pero, al dirigirse a mí, doy por supuesto que me está acusando de estafadora, y que llama imbéciles a mis lectores por dejarse engañar.

No sé quién es usted y tampoco me interesa saberlo, pero sepa que los tiempos de la censura pasaron, aunque supongo que lo ignora. Sin embargo, vista su acritud hacia alguien que, al contrario que usted, en ningún momento le faltó al respeto, le propongo varias soluciones para solventar su neurosis. Para empezar podría escribir usted misma una novela no-histórica y demostrar lo mucho que tiene que decir en contra de las que lo son. También podría recabar los votos necesarios para que prospere en el Parlamento una moción por la que se prohíba la escritura, publicación y lectura de las llamadas “novelas históricas”. En caso de que ninguna de estas dos opciones tuviera éxito, siempre podría llamar a rebato, encender una gran hoguera y quemar todos los volúmenes de este género y, ya puestos, también de otros. Usted sí que pasaría a la Historia; haría parte del elenco de personajes reales que a lo largo de los siglos se han dedicado a quemar los libros que consideraban perniciosos para el pueblo ignorante y, a veces, también a sus autores.

Las personas como usted no acostumbran a mantener la boca cerrada y se creen en posesión de la verdad, de toda la verdad, pero, sabe usted, no hay verdades absolutas excepto una: el mundo sería un lugar mejor si desaparecieran los fundamentalistas de cualquier pelo, que son el motivo de los conflictos religiosos, políticos y sociales; de las guerras, el hambre, el abuso y la injusticia. Dedique su tiempo a ayudar a los necesitados y deje que los escritores/as acierten o se equivoquen. Ah, y no lea.

No me despido atentamente porque guardo mi consideración para quien la merece, y no es éste el caso.

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