Autores y egos

Fui niña y adolescente lectora, y continuo siéndolo. Me encanta leer, perderme entre las páginas de un libro, vivir las vidas que nunca viviré. Incluso cuando parece que le faltan horas al día, siempre encuentro un momento para leer, aunque sólo sea unas pocas hojas. Quien nunca ha disfrutado con la lectura ha perdido, tal vez, la posibilidad de verse reflejado en algún personaje, de enriquecerse con sueños ajenos, de viajar en el tiempo o a lugares reales o imaginados. Siempre pensé que los autores de las obras que me embelesaban eran seres especiales, llenos de magia puesto que magia era lo que hacían al trasladarme a un mundo diferente al mío y mostrarme un universo desconocido, a veces cruel, otras romántico, otras arcano y fascinante.

Cuando decidí escribir una novela lo hice para demostrarme a mí misma que podía hacerlo, que era capaz de comenzar y acabar una historia, capaz de emular a mis autores favoritos. No me interesó tanto el cómo, sino el qué, y aún recuerdo con una sonrisa mi satisfacción al verlo terminado. Me gustó la experiencia y repetí, pero continúo manteniendo la ilusión de aquella primera vez. El día que dicha ilusión me abandone, dejaré de escribir.

Desconozco si en otros campos artísticos o creativos ocurre lo mismo que en el de la literatura, pero llevo unos años en éste y empiezo a conocerlo un poco. Los autores no son aquellos seres especiales que yo imaginaba, son como todo el mundo y, aunque parezca infantil decirlo, no tienen nada de extraordinario. Son personas normales con sus filias y sus fobias, algunas pocas verdaderamente interesantes y amables, locas o divertidas; otras muchas pagadas de sí mismas, envidiosas y celosas, incapaces de respetar el trabajo de los demás y con un ombligo tan grande que se caen dentro de tanto mirárselo. Y es una lástima porque a lo mejor tienen razón aquellos que aseguran que prefieren no conocer a los autores en persona para no llevarse una decepción. Yo ya me he llevado unas cuantas, todas seguidas.

Dejar un comentario