Akelarre

Hablar de las brujas vascas es hablar de supersticiones, persecuciones y hogueras, pero también de Historia, leyendas, antiguas creencias, medicina popular y tradiciones. Vecinos mojigatos, inquisidores depravados, clérigos analfabetos y alcaldes prepotentes vieron demonios donde sólo existía el deseo de escapar a la dura realidad diaria y también de mantener viva una cultura perseguida que no había desaparecido o que, en todo caso, sobrevivía semioculta.

Unos mil vascos, mujeres y hombres, fueron quemados vivos entre los siglos XVI y XVII y son incontables los que se vieron acosados por los poderes civiles y eclesiásticos y sufrieron torturas, cárcel, destierro, azotes y otras penas diversas.

En un principio, la Inquisición española no se ocupó demasiado de la brujería vasca y, cuando lo hizo, se centró sobre todo en Nafarroa. En Bizkaia, Gipuzkoa y Araba fueron los alcaldes y párrocos quienes se encargaron de detener a los sospechosos partiendo de las denuncias de sus propios vecinos en la mayoría de los casos. En Iparralde también fueron las autoridades locales las que dieron la voz de alarma que, sólo en Lapurdi, culminó con la masacre de al menos trescientas personas llevada a cabo por Pierre de Lancre, cuyo verdadero apellido era Rostegi.

Nunca como en la llamada “caza de brujas” se ha podido comprobar cómo un grano de arena se convertía en una montaña por la que fueron despeñados ancianos y niños, jóvenes, madres solteras, personas maduras, religiosos, beatas, parteras y curanderas. Duele en lo más profundo pensar que tantos inocentes sufrieran aquella persecución irracional y, mucho más, que lo fueran por causa de personas que conocían, a las que veían todos los días. La primera inculpada –casi siempre una mujer– acusaba a otras personas y éstas, a su vez, a otras por razones que en nada tenían que ver con sortilegios, vuelos, adoraciones diabólicas, asesinatos de infantes o pócimas y venenos.

En nuestra época ha vuelto a cobrar protagonismo la celebración de akelarres como atracción turística o simple festejo, incluso alguna película que otra, sólo que esta vez no existe relación alguna con la pervivencia de las viejas costumbres, el conocimiento heredado, la transmisión de narraciones, epopeyas, cantos y versos. Los actuales akelarres son espectáculos folclóricos que reproducen el esperpento imaginado por los cazadores de brujas y que llenó Euskal Herria de dolor y zozobra. Se ha olvidado el verdadero significado de aquellas asambleas que tenían lugar en nuestros pueblos: la transmisión del saber y de la memoria popular.

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