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¿Inspiración o trabajo?

Se habla, incluso se pontifica, sobre la inspiración de los escritores, pero, después de dieciocho años en este oficio, hace tiempo que llegué a la conclusión de que la inspiración es trabajo, nada más. Puede que los poetas la necesiten, lo ignoro puesto que no soy poeta, pero la narrativa precisa de unos mimbres bien concretos, sobre todo de tres: trabajo, conocimiento y capacidad para crear, algo que no siempre posee aquel que intenta dedicarse a la escritura. Aprendemos a juntar palabras a los cinco o seis años y solo necesitamos papel y lápiz, pero eso no hace un escritor/a de ninguno de nosotros. Me he encontrado con supuestos escritores que afirman no leer, así como suena: no leen nada, pero, eso sí, se consideran autores, pues, según ellos, no necesitan conocer las obras de otros para escribir y, por supuesto, mejor que cualquiera. En fin.

Dedico a la escritura entre seis y ocho horas diarias, a veces más, y conozco bien lo que da de sí el tiempo, lo que cuesta acabar una página, enlazar una trama, crear una expectativa en el lector, y no es fácil. Sin embargo, lo hago porque me apasiona contar y estoy convencida de que, de haberla, en otra vida fui kontalari, cuentista de aquellos que iban por los pueblos narrando historias. Pero hablar no es escribir. El trabajo de llenar hojas y hojas es muy arduo, y siempre queda el interrogante de si podría haberlo hecho mejor, o de si mi talento creativo es el que es y no da para más. No obstante, es un reto importante al que me enfrento al inicio de una novela con la seguridad que me da el trabajo ya realizado, los incontables libros leídos, tanto novelas como ensayos, y la capacidad para inventar con la que nací.

Hace un par de años leí una entrevista a un autor, y una de sus respuestas me dejó perpleja. Decía que ya no tenía nada más que contar. El susodicho en cuestión no ha escrito más allá de una docena de novelas en cuarenta años, y no muy gruesas. Cierto que la Literatura nos ha dejado obras maestras de autores que solo escribieron una novela en toda su vida, por ejemplo: Laclos y su “Amistades Peligrosas”, Lampedusa y su “Gatopardo”, Harper Lee y su “Matar a un ruiseñor” o J.D. Salinger y su “El guardián entre el centeno”, por mencionar solo a cuatro. Pero son excepciones. No cuenta la cantidad, sino la calidad, aunque lo cierto es que un escritor no nace, se hace, y a quienes no somos excepciones no nos queda más remedio que intentarlo una y otra vez.

Comienza otro año, en estos momentos no tengo compromiso alguno, ni tareas pendientes, solo un folio en blanco para empezar de nuevo y demostrarme que soy capaz de escribir una novela de las muchas que tengo en mente, porque yo sí tengo algo que contar. De hecho, no creo que la vida me dé tiempo para contar todo lo que quiero, pero ¡no será por falta de intentarlo!

Comentarios (4)

  1. Maris Alonso Fuentes - Responder

    Esa es la actitud!!!!!
    Cuentanos , cuentanos….
    Estoy deseando leerte…
    Muxus Toti, tienes toda la razon, pero igual que un panadero no hace buen pan sino pone el corazon en ello, ni una enfermera ( en mi caso) podra sanar el alma sino empeña en ello la suya…. Tu escribas lo que escribas .. da igual la epoca a la que hagar referencia, da igual el tema … Lo harás exquisito , por dedicar en ello tu corazon.

  2. Nulles dies sine linea!!!!! (QUe no pase un día sin escribir). El que no lee y se atreve a escribir, es un pardillo.
    Gora ta Gora!!!

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