Doña Emilia

Últimamente ha vuelto a colación el famoso pazo de Meirás, adquirido por obligada “suscripción popular” después de la guerra como regalo a Franco, quien se deshizo de su rica biblioteca, y que sus descendientes han heredado por el morro, como se dice de manera coloquial. En los medios de comunicación que tratan el tema solo se menciona, así como de pasada, a su anterior propietaria, doña Emilia Pardo Bazán, mujer infinitamente más interesante que cualquiera de los actuales dueños.

Autora de 41 novelas, 7 dramas, 2 libros de cocina, 2 biografías, 580 cuentos y cientos de ensayos, todos escritos en un periodo de cuarenta y cinco años, a mano o a máquina, y sin “negros” que la ayudasen, demostró ser una escritora con una capacidad de trabajo difícil de igualar, incluso en la época de los ordenadores. No sólo nos legó su inmensa obra, sino que también dejó testimonio de un carácter fuerte, de una mente libre y reivindicativa a la que no renunció en ningún momento, a pesar de los prejuicios de aquella España decimonónica conservadora, misógina y curil.

Feminista, liberal e independiente, viajera empedernida, con dominio del francés, inglés, alemán e italiano, hija devota y madre amantísima, doña Emilia fue también una ferviente católica, si bien esta condición no le impidió mantener durante veinte años relaciones amorosas con Benito Pérez Galdós, diez años mayor que ella, y con otros hombres, más jóvenes y también escritores. No era una mujer guapa tal y como hoy se entiende; era alta y robusta, pero todos sus compañeros de generación, excepto Juan Valera, Menéndez Pelayo, el Padre Coloma y algún otro machista de tomo y lomo, la adoraron por su vitalidad, inteligencia y humor. No fue admitida en la Real Academia de la Lengua y sólo tuvo un alumno cuando fue nombrada catedrática de Literatura en la Universidad Central de Madrid, pero su popularidad fue inmensa y fue la primera mujer en presidir la sección de Literatura del Ateneo de la capital.

Emilia Pardo Bazán demostró que la letra escrita con voz de mujer podía equipararse a la masculina y abrió el camino a las autoras que llegaron detrás de ella. Puede que su posición social le franquease más de un obstáculo, pero ella sola, con su infatigable capacidad de trabajo, se ganó el puesto que ocupa dentro de la Literatura, más importante y duradero que el de muchos otros, de antes y de después, de quienes nadie se acuerda.

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